domingo, 05 septiembre 2010
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Descubrimiento de las pinturas rupestres de Navarro IV
Escrito por Emilio Martin Lopez   
lunes, 27 de octubre de 2008

 

Descubrimiento de las pinturas rupestres de Navarro IV.
 
 
 
 
Este hecho se produjo durante el verano del año 1979.
 
 
Por los pasillos de la sede de la Sociedad se rumoreaba que nuestro compañero “Pepe el Calero” había observado -como consecuencia de unas voladuras con dinamita realizadas en la vertical oriental de las canteras de Navarro en la Araña- que se habían abierto sorpresivamente y como por arte de magia dos “agujeros” en la pared de la cantera fruto de la explosiones habidas. A la nueva cavidad ahora de boca visible y penetrable se la llamó, por prelación de las anteriores ya descubiertas y exploradas, con el nombre de: Navarro IV
 
Bocas de entrada a Navarro IV
Aspecto de las dos bocas dias después del descubrimiento de las pinturas
 
 
 
Un fin de semana del mencionado verano de 1979 José María Gutierrez Romero y yo -y creo que casi con toda seguridad Federico Ramírez Trillo también- decidimos ir a explorar la nueva cueva a fin de conocer en principio sus dimensiones para, en consecuencia, volver a la misma para posteriormente topografiarla.
 
Debía estar ya en el exterior a punto de anochecer, por lo que Federico se había marchado para la cercana playa existente junto a la cueva, ya que allí teníamos pensado pernoctar esa noche de cálido verano malagueño, cuando, José Maria y yo, decidimos realizar un último repaso a las galerías encontradas. Tras considerar que ya no quedaba nada mas que explorar, repentina y súbitamente, apreciamos en la base de una galería, apenas cuatro centímetros sobre el nivel del suelo, un agujero de unas dimensiones parecidas a lo que sería un melón, cuya conexión con la galería estaba formada por una brillante, blanca y cristalina colada repleta de diminutas puntas de calcita como si de mini-diamantes tallados se tratara, por lo que, nos detuvimos a disfrutar de tan espectacular formación, en ese instante José María –que en paz descanse- llevó a efecto una anécdota-broma que jamás olvidaré, introdujo la totalidad de su brazo derecho por el agujero hasta el hombro e hizo un movimiento en el interior de la oquedad desconocida de 360 º girando en el sentido de las agujas del reloj y, con una amplísima sonrisa me dijo: “Emilio, está oscuro y no he tocado ni techo ni pared ni suelo, esto sigue” yo no pude mas que reírme con él y contestarle: “Sí, pero ¿ quien entra por ahí si apenas te coge el brazo ? y estuvimos un buen rato riendo los dos.
 
 
Definitivamente, mi más que joven edad de entonces, la espeleo que llevamos en la sangre y, los comentarios de José María, me llevaron a intentar forzar ese paso “como fuera, costase lo que costase”. José María de mayor envergadura física que yo no era la persona propicia para intentarlo por lo que comencé a forzar la oquedad, como quiera que el casco no pasaba tuve que quitármelo, tras ello, el mono de tela que portaba se empotró y tampoco me permitía avanzar, conclusión; tuve que quedarme desnudo hasta sin las botas para poder pasar, finalmente y tras un dilatado periodo de tiempo empleado en espirar todo el aire de la capacidad pulmonar para que el esternón y el pecho cediesen, lo que parecía increíble ocurrió, mi cuerpo pasó al otro lado, no sin comprobar, que el pecho me sangraba consecuencia de las raspaduras y acanaladuras que la estrechez y los cristales me habían causado. Posteriormente, y tras apreciar que seguían unas galerías y diversas salas tras el paso volvimos provistos de un cincel, una maza, un plástico de funda colchón y un bote de talco, los primeros utensilios para poder abrir ligeramente la entrada rebajando la calcita, y el talco y el plástico para no causarnos mas heridas en la piel.
Fistulosas en Navarro IV
 
Bellas formaciones en las galerías recién descubiertas
 
 
Sentado lo anterior, Jose María y yo empezamos a tomar contacto con el resto de las nuevas zonas, cuando, en una salita de medianas dimensiones, observamos en la pared un trazo de color rojizo, y después, en otro lado de la pared una serie de puntos. Al principio, como no lo esperas, nos vino a la mente : “rayaduras de pezuñas de algún animal o trozos se raíces”, sin embargo, un poco mas a la derecha ya se apreciaba la figura de un bóvido y, luego, como cercas o semicírculos rojizos, mas puntos en negro, mas cadenas de puntos alineados en diversos colores y, sobre las pinturas, excéntricas y otros espeleotemas que habían brotado que cubrian parte de los trazos.
 
Emilio y Monti en Navarro IV
Antonio Montilla y Emilio Martin, en la segunda visita a la cueva.
 
Jose Maria y yo, nos miramos a la cara y, nuestros ojos reflejaban el brillo de las estrellas; teníamos frente a nosotros unas pinturas que otros humanos -salvo los autores de las mismas- no habían visto desde hacía miles de años, no lo podíamos creer, un santuario rupestre y un descubrimiento increíble había recaído por azar en nuestro quehacer espeleológico.
 
Bóvido de Navarro IV
Zona del bóvido, única pintura naturalista hasta la fecha encontrada en la cueva
 
 
 
Luego tras ser estudiadas resultaron ser, al parecer, del Paleolítico Solutrense con una antigüedad no inferior a los 15.000 años.
 
 
Loreto Wallace y Jose Maria Gutierrez Romero, calcando las pinturas
 
 
 
Sirvan estos breves apuntes del descubrimiento, como homenaje a nuestro querido compañero de tantas andanzas espeleológicas, Jose Maria Gutierrez, fallecido mientras exploraba el Pozo del Infierno, en Vegacervera (León) en 1.985. Hasta siempre, amigo...
 
 
 
 
 
Nota: Las fotos fueron realizadas por Jose Antonio Berrocal. Todas corresponden a unos dias después de descubrirse las pinturas.